Cuando mi hijo tenía tres años adoraba el brócoli. Lo prefería a la pizza, las salchichas, los macarrones con tomate… Era, sin lugar a dudas, su comida favorita.

Recuerdo que una noche, mientras yo preparaba la cena en la cocina y él veía los dibujos en el salón, me llamó para preguntarme de dónde venía eso olor tan extraño que invadía toda la casa. Estaba cociendo brócoli y friendo un filete de salmón en la sartén, ambos con olores muy particulares, y le dije que se debería a eso. No se quedó muy convencido pero enseguida los dibujos volvieron a llamar su atención. Cuando le puse el plato de la cena en la mesa me miró muy serio y me dijo: “confiesa, le has echado un pedo a la cena”. Solté una fuerte carcajada y, entre risas, le dije que sería el brócoli que olía así. “Eso no puede ser”, contestó, “si está riquísimo”.