Mi tía Mercedes, Merchi de toda la vida, hace unas croquetas de jamón que son un auténtico vicio. Todos los años, cuando voy a Coruña a pasar unos días durante mis vacaciones estivales, me surte de tuppers enormes llenos a rebosar de sus riquísimas croquetas. La logística para que lleguen a Madrid sin descongelarse tras casi seis horas de viaje en coche y con los calores de agosto es complicada pero la recompensa de poder degustar esas exquisiteces durante los tres meses siguientes merece la pena.  Aprovecho estas líneas para reconocer que ni los tuppers de mi tía ni los de mi madre suelen regresar a sus casas. En la cocina, ya no solo delante de la vitro sino en el espacio en sí, soy un auténtico desastre y acumulo tuppers cual anillos de Gollum.

Mirad si soy poco mañosa que lo único que tengo que hacer con las croquetas, freírlas, lo hago fatal. Se me deshacen en la sartén, se me queman de un lado y se quedan poco hechas por otro, les doy la vuelta desde la distancia por si me salta el aceite… En fin, que en esos momentos mataría por estar en el salón de casa de mi tía, esperando sentadita a la mesa a que llegue su fuente de croquetas bien frititas (y siempre acompañadas de un ribeiro y una empanada de bacalao con pasas). Hummmm, qué rico.

Hoy me he propuesto retar a mi tía Merchi a hacer unas croquetas de brócoli y jamón. Las vacaciones de verano aún quedan lejos pero la Navidad ya está aquí. El pulpo y el salpicón del tío Miguel van a toparse con un nuevo rival en el camino al podium del plato estrella en la cena de Nochebuena. ¿Qué les parecerá la idea a los invitados más pequeños de la casa…? El domingo lo sabremos 🙂