Cuando mi hijo tenía tres años adoraba el brócoli. Lo prefería a la pizza, las salchichas, los macarrones con tomate… Era, sin lugar a dudas, su comida favorita.

Recuerdo que una noche, mientras yo preparaba la cena en la cocina y él veía los dibujos en el salón, me llamó para preguntarme de dónde venía eso olor tan extraño que invadía toda la casa. Estaba cociendo brócoli y friendo un filete de salmón en la sartén, ambos con olores muy particulares, y le dije que se debería a eso. No se quedó muy convencido pero enseguida los dibujos volvieron a llamar su atención. Cuando le puse el plato de la cena en la mesa me miró muy serio y me dijo: “confiesa, le has echado un pedo a la cena”. Solté una fuerte carcajada y, entre risas, le dije que sería el brócoli que olía así. “Eso no puede ser”, contestó, “si está riquísimo”.

Tres años después, Izan, que así se llama mi hijo, detesta el brócoli. Y no es porque todavía piense que, al cocinarlo, lo aliñe con sal y el frasco de pedos que guardo entre el del orégano y el ajo en polvo , sino porque, por defecto, odia todo lo que se le ponga en el plato que tenga color verde. Afortunadamente para mí, y a pesar de sus esfuerzos por escupir cualquier verdura que sea tan osada como para meterse en su boca, le encantan los cuentos y que su madre le ponga voz a cualquier objeto inanimado de la casa. Desde las pelusillas del pasillo que, al igual que las meigas, haberla haylas, hasta la escobilla del váter, todo es capaz de encantarle si se le sabe dar voz.

Así fue como “El Brocolisaurio”, un cuento que escribí al año de que él naciera, salió del cajón para convertirse en la excusa perfecta para comer brócoli. Supongo que, como ya estaréis imaginando y partiendo de la base de lo mala, malísima madre que soy, que usara, y uso, el chantaje emocional para salir victoriosa de tamaña empresa no os resultará extraño. Stanley, alias “El Brocolisaurio”, un dinosaurio verde de peluche que compré en una tienda a la desesperada y que poco o nada, se asemeja al del cuento, necesita a un amigo al que le guste el brócoli como a él y, si Izan no lo quiere comer, se siente solo y ya no tiene a quien retar a una batalla de atufantes pedos. Cierto es que esta estrategia sólo funciona cuando mi hijo está de buen humor porque, cuando tiene el día torcido (que suele ser lo más frecuente), el brócoli se lo come la friki de su madre.

Esta web, y este blog, nacen con la idea de que conozcáis a “El Brocolisaurio” y que podáis compartir con él recetas, curiosidades y anécdotas que tengan que ver con una alimentación sana y con el día a día de nuestros hijos. Yo, desde aquí, estaré encantada de poder escribiros y leeros. Y, si Stanley es el brocolisaurio, yo soy Cristina alias “la chica del brocolisaurio”.